jueves, 22 de septiembre de 2011

Los Silenciosos Sicarios Nocturnos











I

Todo está igual, se dijo Miguel. Afuera, el caserío se diseminaba brevemente sobre los cerros, separado por la franja de arena de la playa del mar ancho, que ejecutaba su inmortal sistema de olas, cruzado por cabalgatas de espuma y gaviotas. En el cielo, la luna ocupaba el centro, reinando con su luz sobre el resto de las alturas escarchadas de estrellas. Todo está igual, se dijo Miguel dentro de la casa, viendo como los brujos barajaban las cartas con sus manos pútridas, riendo a espumarajos verdes cuando ganaban los juegos. Y siempre ganaban, ya que Miguel se había acostumbrado a dejarse ganar en esos eternos juegos de cartas que predecían todas las designaciones de tareas que le daban los brujos. Ellos ganaron, guardaron las cartas y le dijeron que debía matar al Guardián de la ciudad sumergida en el lago. Miguel apretó los puños, como siempre; dijo que sí, como siempre.

Aldo se levantó y se puso los pantalones en silencio, mientras ella se sentó en la cama sonriéndole, aún desnuda, abrazándolo con calor agradecido, y él hundió la cara de ella en su vientre y sacó el puñal de su pantalón para clavárselo lentamente en el cuello. Sintió la sangre tibia de ella en su cuerpo y sus propias lágrimas quemándole el rostro. Había cumplido su tarea, los brujos sonreirían entre nubes y hojas amarillas. Terminó de vestirse y se adentró en la noche, en la luna allá arriba, dejando atrás la casa y sin dejar de llorar, pensando en ella. Luego de que los brujos le ordenaron matarla, él llegó al caserío en que la mujer vivía para conocerla. Se hicieron amigos, se hicieron el amor. Y ahora pensaba que cuando charlaron él sintió más que comprensión, cuando se amaron, sintió más que desear su carne en la vastedad de la cama... ¿y acaso eso no era amar? Siguió caminando, fumando un cigarrillo tras otro, mojándolos con sus lágrimas ebrias de noche; su vida antes no había valido, había pasado la juventud sin un sentido y luego lo había encontrado con los brujos, dándole dirección y sistematicidad a sus actos… ¿y qué? De nuevo experimentaba el hacer las cosas sin hacerlas, el respirar en las noches sin nada en el pecho, el habitar cines y días como si fueran un agujero. Caminó sintiéndose leve, suave; como un ser diminuto en medio de colosales piezas de ajedrez desparramadas sobre el planeta desierto. Se dirigía al pueblo de la costa, de espaldas a los cerros más altos, donde se ocultaba el lago con la ciudad antigua en sus entrañas y la casita donde vivía el Guardián con la preciosa muchacha de los ojos verdes. Aldo se cruzó en el camino con Miguel, tomaron la dirección del lago para cumplir la tarea y compartieron sus silencios saturados, hundidos en la ola del viento nocturno.

II

La casita de adobe había estado levantada de hacía mucho tiempo junto al lago. Antes del Guardián había sido habitada por sus padres, por sus abuelos y los padres de los padres de sus abuelos. De niño su mundo había sido el lago transparentado y la ciudad en su regazo, con sus torres escalonadas y sus racimos de cúpulas y capiteles limpiados por el agua. Su padre le había contado que la ciudad la habían construido los indígenas a los dioses para que bajaran de las nubes y vivieran con ellos, pero los dioses no quisieron, preferían seguir acumulando almas en sus mansiones estrelladas, rodeados de heraldos dorados y alabardas. Su padre le decía que todo eso ocurrió hace siglos, antes de que llegaran los conquistadores y llenaran la quebrada en que se alzaba la ciudad con la sangre de los indios, sangre deslavada y aguada por todas las lluvias. El Guardián siempre recordaba esas historias después de haber enterrado a sus padres, y no quería marcharse de ahí, no quería dejar su vida de ahí. La muchacha de los ojos verdes había llegado una noche de lluvia a la casa del Guardián y éste, viéndola mojada por su pena y el agua, la había dejado pasar ahí la noche y la siguiente y todas las demás. Ella venía huyendo de vivir como allegada, de su infancia en la ciudad llena de humo; venía huyendo de caminar por calles silenciosas y de pisar hojas acumuladas por el trabajo del otoño. Se quedó porque le agradó el silencio caballeroso del Guardián, roto por escuetos comentarios, el dormir en una cama pequeña y tibia, sola. Con el pasar de los días, los silencios se fueron llenando de palabras, de conversaciones en las que se sentaban más juntos y el Guardián comenzó a hablarle de su pasado, su niñez llena con los padres y el resto solo con la ciudad rigiéndolo como un dios privado. Compartieron la soledad pasada, como un matrimonio de ancianos que comparten el silencio; hasta que una noche él le dijo que ya no podían vivir de recuerdos, que el pasado no podía ser un eje recurrente que la soledad y la nostalgia llenaran de significados. La angustia se puede pudrir en los corredores del pasado, bajo hojas muertas, le lloró. Ahora vivámonos y yo te quiero niña. Y esa noche se hicieron el amor tan profundamente que cantaron con las estrellas, cayeron como lluvia de esperma blanca sobre el lago. El comenzó a amarla sin parafernalia alguna, sin retórica, sin dobles sentidos, compartiendo el sueño y las subidas a los montes más altos desde donde veían la nube negra que siempre cubría a la ciudad, allá lejos, donde la gente inundaba las veredas cumpliendo la misma rutina diaria, donde los niños lloraban por limosnas entre las callejuelas exteriores y donde los policías apaleaban a los pobres cuando éstos se asqueaban del mismo plato de migajas que comían infinitamente. El Guardián le señalaba las montañas mayores diciéndole que estaba convencido de que eran las ruinas nevadas de las torres de antiguas metrópolis, cuyos habitantes se habían perdido en las tormentas del océano del tiempo. Ella y él aprendieron a compartir todo lo que pensaban, desde las masturbaciones infantiles de él hasta los horrores que surgían del lago en las pesadillas de ella.

III

La noche en que Aldo y Miguel llegaron a la casa de junto al lago, el Guardián y la muchacha compartían el tenue ritual de la cena mirando alternadamente sobre la repisa de la apagada chimenea donde el reloj se había detenido. La luna se reflejaba apenas en el lago cuando golpearon y la muchacha se sobrecogió sin saber porqué. El Guardián le cerró los labios entreabiertos con un húmedo beso, y abrió las puertas para que entraran ellos con un pedazo de noche en sus vestimentas. Miguel se ancló en los ojos de la muchacha, intercambiaron palabras con el Guardián y tras convencerlo de que a ella no la tocarían, salieron. Ella se asomó al umbral viendo como los tres hombres caminaban hasta la orilla del lago, y de pronto en un vivir de estrella fugaz, en un aliento de ella, los sicarios desenfundaron sus armas y dispararon una y otra vez sobre el Guardián, sobre su cuerpo quebrándose, sobre el grito de Ella. El cuerpo del Guardián se estremeció como una rama en el suelo pisada por una larga marcha, pie y pie, paso y paso. Finalmente se desplomó sobre sus propias entrañas para que los asesinos lo levantaran en vilo y lo tiraran al lago. La muchacha corrió llorando, viendo como el cuerpo se hundía hasta el fondo, donde habitaban los seres que había cuidado. Allí quedó ella, de rodillas entre Aldo y Miguel, llorando. Aldo quería abrazarla, pero solo apretó los dientes entre su propio sollozo que ya brotaba. Miguel volvió a anclar en ella, comprendiendo el significado del último sueño que había tenido.

...Aurora golpeaba a su puerta y salían a caminar por la tarde, compartiendo la alegría de ella, atreviéndose él a decirle lo que sentía sin reticencias, invitándola a que le ayudara a romper el laberinto cerrado que hasta entonces habían sido sus años....
Hacía unos pocos años atrás, en plena juventud, él conoció a Aurora, una adolescente que cambió de raíz sus emociones y el eje sobre el que intentaba mover su vida. Aurora era una niña sencilla, tan sencilla como la gente que él intentaba dejar atrás, tan sencilla como su madre, como él mismo. Poco a poco se hicieron amigos y esa amistad se transformó en la costumbre de poblar juntos las tardes y compartir el té, comenzando a desear él, sin atreverse a decirlo, que vivieran juntos, para que sus existencias cobraran sentido. Pero habían ido cambiando, se fueron alejando, ya que como es natural, nadie se queda al lado de la gente que realmente quiere. Después él conoció a los brujos y lo demás fue pasado. Pero siempre que había referencias a unos ojos verdes como los de Aurora, Miguel pensaba en encontrarla de nuevo, acompañado de su deseo secreto como un peso muerto dentro de él. Y hacía unas pocas noches atrás había soñado con ella, despertando con todas esas emociones muriéndosele en la boca. Y ahí, a su lado, ahora, estaba Aurora, la muchacha de los ojos verdes era Aurora, tan cerca, tan al alcance de su mano que no se atrevía a tocarla. No se dijeron nada. Miguel no abrió la boca para decir Aurora o algo así. Solo sintió la extensión oscura dentro de las palabras de Aldo que le decía que habían matado a la muchacha también, que pese a encontrarse allí, cálida, humedeciéndose, viva, la habían matado y ya era irremediable; tan irremediable como el cadáver en el fondo con las ruinas submarinas, tan irremediable como ellos. Se miraron a gritos mudos, a golpes contenidos. Se dijeron lo que nunca se dice nadie y caminaron hacia los árboles mientras Aurora continuaba de rodillas, secándose las lágrimas, sollozando de nuevo. Los vió alejarse como el viento; Aldo, con la mujer muerta al centro de sus palabras; Miguel, con Aurora quemándole como una brasa. Aurora entró a la casa, lavó los platos, hizo la cama mutua y se tendió callada en ella. Escuchó dos disparos más perforando el mundo de esa hora. Golpearon a la puerta, abrió y allí se hallaba Miguel con el cielo en los ojos, pidiéndole que vivieran, que no la dejaría y que los brujos podrían terminar de pudrirse. La muchacha le mostró la casa, enseñándole que aún era del Guardián y de ella, le acarició y concluyó con un suave no. No hubo más. Miguel se perdió de vista y Aurora salió afuera de nuevo, a la madrugada con su frío, portando lana y palillos. Se inclinó, sentándose junto al lago con los pies en el agua y se puso a tejer una bufanda, un chaleco, una mortaja.
Y cuando la termine, bajará a ponérsela al Guardián para que no tenga mucho frío.

Miguel Acevedo M.



Publicado originalmente en 2002 en El Lugar Sin Nombre.

domingo, 4 de septiembre de 2011

TIRAS TRÁGICAS: ¡¡llévame, robot!!














por Christiano
“Esta tira fue pensada y realizada en grafito el 2000. Ahora el 2011 es re-encontrada en un cofre misterioso, entintada y coloreada por su dibujante favorito...”

Stand de GatoJurel en la Furia del Libro.

Próxima Furia del Libro, del 30 de noviembre al 3 de diciembre, en el GAM. Estaré presente en el stand de GatoJurel Ediciones, con l...